El amanecer
Son las 6 de la mañana. La ciudad despierta, y se pone en marcha. Comienza el ruido de los coches atravesando la calle. A lo lejos se escuchan los ruidos del traqueteo de las persianas según van subiendo. Sin embargo yo voy a contracorriente. Llevo toda la noche trabajando delante del ordenador y poco a poco van mermando las fuerzas mientras espero el momento para poder irme a casa. Me encuentro aquí solo, sin pena ni gloria, igual de valorado que TANKE en MATRIX, con mil pantallas velando que todo esté igual de bien cuando entren a trabajar los corbatas.
Una vez lei en el blog de una mujer inteligente, que escribía como terapia. Y es que yo estoy en una situación parecida, pues trato mantener la concentración para poder seguir trabajando, escribiendo estas líneas. Y es que cuanto tardan en llegar las 7…
Aunque ciertamente yo no puedo quejarme, pues al fin y al cabo estoy solo y tranquilo. Peor es lo de ese gran proyecto de educadora social, que tiene que estar aguantando yonkis hasta las 9. Historias suficientes como para no poder dormir, aunque sea después de una larga noche de trabajo agotador.
Probablemente no sea buen escritor, ni siquiera sea constante, pero este es mi pequeño espacio, para poder descansar la vista de mirar tanto una pantalla, para fijarla en otra. En la próxima entrega compartiré con quien lea estas líneas, la grandísima verdad que descubrí leyendo el relato de Alfredo de Hoces: Fuckowski, Memorias de un Ingeniero.
Bienvenidos a mi espacio.

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